Crónicas Cafeteras: Madcoffee

La semana pasada, tuve la oportunidad de acompañar a una colega a una junta con un cliente con el que trabajamos. La junta fue tan tediosamente larga que cuando salimos del edificio a eso de las seis de la tarde, mi compañera se paró en seco y me preguntó: “¿Vamos por un cafecito? Conozco un buen lugar.”

Los que me conocen, saben que soy adicta al café, por lo que me fue imposible decir que no.

Para cuando estábamos llegando al local, el cielo se había cerrado y había empezado a caer una leve llovizna: era el momento ideal para tomarse una taza de café.

Entré al tal lugar llamado Madcoffee y noté que tenía una arquitectura moderna y acogedora al mismo tiempo. Fue como amor a primera vista.

Mi enamoramiento con Madcoffee creció cuando me percaté de la sección de pan artesanal en donde venden baguettes integrales, pan de camote, barras de centeno, muffins de chocolate amargo y todo tipo de pastelillos y bocados. El pan que venden se hace ahí mismo y como dirían mis amigos españoles: “es de lo más guay“.

Después de que terminé de saborearme el gluten de la sección, me di la tarea de pasearme por el lugar y sentarme en una especie de escalera gigante de duela que estaba junto a una pared llena de arte abstracto y plantas minimalistas, muy a la Pinterest.

El local contaba con dos pisos y bastantes mesas para los clientes, aunque esa tarde no hubiera tantos. La decoración era exquisita y moderna e iba bien con el concepto del pan artesanal.

Después de perderme en el lugar por tres minutos, busqué a mi compañera y la encontré escogiendo un panecillo del aparador de vidrio mientras esperaba que saliera su café americano.

En cuanto a mí, la verdad es que soy una persona bastante indecisa en todos los aspectos, por lo que pasé un buen rato parada frente al mostrador con la mirada clavada en el menú tratando de tomar una decisión.

No podía escoger entre un matcha latte o latte regular.

Enfrente de mí estaba una señora de unos sesenta años y poca estatura, que llevaba el pelo muy corto y cuadrado, como de Anna Wintour pero más anticuado. Se puso a sacarle plática a la cajera que resultó ser una estudiante universitaria de Argentina que llevaba un par de años viviendo en México.

“Me encanta México, la gente es muy linda y estoy muy contenta,” dijo la chica. “En Buenos Aires la gente no es como aquí, son mucho menos amables.”

Me puse a observar a los clientes que estaban sentados en las mesas cercanas y había dos parejas: unos coreanos traga años muy bien vestidos, unos jóvenes de unos dieciocho con la mirada perdida en los celulares y un señor bigotón de unos cincuenta y pico que estaba leyendo el periódico con el ceño bien fruncido.

Siempre me han gustado las ciudades más grandes precisamente porque ofrecen más diversidad en la cotidianidad, por más sutil que sea.

Después de navegar por el limbo y analizar el menú, terminé por pedirle a la barista argentina que me ayudara a elegir.

“Depende de lo que te guste,” me dijo. “Si no te gusta lo azucarado puedes pedir el latte de coco, o el de vainilla”.

Curiosamente, dio justo en el clavo. No sé si tengo la palabra ‘coco’ tatuada en la frente o qué demonios, pero debo admitir que tengo una pequeña obsesión con dicha fruta.

Mi shampoo, jabón, perfume, aromatizante, papel de baño y todo lo que tengo en mi casa, tiene aroma a coco, así que un latte no iba a desentonar con mi culo aroma tropical.

Me animé, lo pedí, pagué $55 pesos y me fui al extremo de la barra de madera a esperar a que saliera mi café.

Una eternidad después, otro de los baristas se acercó y me dio el esperado café en la mano. Esperé unos minutos a que se enfriara, le di un sorbito y el sabor definitivamente no me decepcionó: cuatro días después, me encontraba en el mismo lugar, esperando a que saliera mi latte de coco, pero esta vez, acompañada de mi familia.